

David Bermúdez Taborda cuenta una historia sobre un estudiante que llega a clase en silla de ruedas, y lo correlacione con una patente de exoesqueleto con patente registrado pero sin fabricación. Esa historia la cuenta sin ánimo de chiste. Le sirve para señalar una grieta que conoce desde adentro: la distancia entre lo que la una universidad cuenta como producción científica y lo que de verdad le cambia la vida a alguien.
Fue una de las imágenes más fuertes de su conferencia en AcademIA, dedicada a la ciencia invisible y al marketing digital como puente hacia la transferencia tecnológica. Allí propuso jubilar al investigador que publica, recibe su incentivo y se queda tranquilo, para darle paso a una figura que él bautizó como el investigador 2.0.
Sobre David Bermúdez Taborda
Bermúdez es licenciado y magíster en educación, y lleva 18 años gestionando ciencia y tecnología en distintos escenarios. Hoy es docente de tiempo completo del ITM, lidera un grupo de investigación en artes y humanidades clasificado en la categoría A1 y coordina los grupos asociados a la Facultad de Artes. Antes dirigió un centro de investigación y extensión, un cargo cuya tarea consistía en sacar las tecnologías de la universidad hacia las empresas.
Ese paso por la gestión explica buena parte de su mirada. Ha estado en las reuniones donde una compañía expone un problema y los científicos se quedan sin respuesta. Ha discutido con oficinas de comunicaciones, con abogados de propiedad intelectual y con comités de incentivos. Y conserva una ironía que él mismo pone sobre la mesa: aunque lidera todo el ciclo de investigación de su facultad, en el sistema nacional aparece como investigador junior, porque no ha dirigido trabajos de grado.
Su trayectoria se puede consultar en su perfil de LinkedIn.
Mira su conferencia completa aquí abajo:
Lo que planteó, en pocas palabras
David Bermúdez sostuvo que el ecosistema colombiano de ciencia y tecnología es amplio, pero que sigue funcionando en modo 1.0. Con ello recordó que el modelo de medición de Minciencias no está cerrado a las universidades: colegios, empresas, museos, parques y centros de ciencia también pueden tener grupos de investigación. El problema –según nos advirtió en AcademIA Summit 2026– está en lo que pasa después de producir conocimiento.
El conferencista puso en duda la métrica que gobierna la carrera académica, el factor de impacto, porque se basa solo en citaciones y deja por fuera el efecto real de una investigación en la sociedad o en la industria. También criticó que los grupos se evalúen casi exclusivamente por sus artículos, cuando el sistema reconoce muchos otros tipos de productos.
Para salir de ese círculo, planteó tres giros:
- Investigar desde las necesidades concretas de empresas y comunidades, en lugar de esperar que alguien compre lo que se desarrolló en un escritorio.
- Aprender a hablarle al empresario en su idioma y escoger la forma de protección según lo que se quiere hacer con el resultado.
- Asumir la comunicación y el marketing científico como parte del trabajo del investigador, con estrategias de posicionamiento web, contenido y marca personal.
Cerró con una advertencia sobre los límites de ese camino: los likes y las visualizaciones no garantizan que la sociedad haya comprendido el mensaje.
Lo que dijo David Bermúdez, tema por tema
“Muéstreme la patente”
David Bermúdez llegó a la conferencia con una exigencia que repite a cada investigador que le pide ayuda con un trámite de patentamiento. Antes de firmar nada, quiere ver el objeto. Y le propuso al público hacer la misma prueba en sus instituciones:
“Hagan esa tarea en sus universidades. Les otorgaron la patente: pidan que se la muestren. Tóquenla. Se van a dar cuenta de que gran parte de las patentes registradas en el sistema son solo dibujos: las seis vistas, el isométrico, la planimetría, y ya. Están en la Superintendencia de Industria y Comercio, cualquiera las puede buscar, y uno descubre que el dispositivo no existe”.
Los ejemplos salieron de su propio entorno. Un dispositivo intranasal que nadie pudo enseñarle. El exoesqueleto del estudiante en silla de ruedas. Una patente reciente para detectar la leishmaniasis sin procedimientos invasivos, que celebró hasta que la investigadora le explicó que hacía falta una suma enorme para fabricarla. Lo patentado, otra vez, era un dibujo.
La herramienta que él propone para cortar ese ciclo tiene medio siglo. Los niveles de madurez tecnológica (TRL, por su sigla en inglés) los concibió en 1974 el investigador de la NASA Stan Sadin, y desde los años noventa la agencia trabaja con una escala de nueve niveles que adoptó buena parte de la industria, según explica la propia NASA.
“La NASA no te va a montar en un cohete sin antes haber validado que todo funciona. Del TRL 1 al 3 está la investigación básica y experimental que hacemos la gran mayoría, la que termina en un artículo. Del 4 al 7 hay que prototipar y validar, primero en un entorno controlado de laboratorio y después en un entorno real. ¿Funciona? Muéstremelo”.
Para aterrizar la idea, señaló una de las sillas del auditorio. Cualquiera puede sentarse en ella, admitió, y en ese sentido funciona. La pregunta es para quién: “Ahí no me cabe un estudiante de 130 kilos, y uno de 2,15 metros queda incómodo. Entonces, la silla funcionó, ¿para qué?”. Desde entonces, en su grupo ningún proceso de patentamiento arranca sin que el investigador ponga primero el prototipo sobre la mesa.
“Pregúnteme en cuánto se han vendido”
El grupo que lidera David Bermúdez es atípico dentro de las artes y las humanidades. Los artículos, los libros y los capítulos son, en sus palabras, lo mínimo que produce. Su fuerte está en la propiedad intelectual, y ahí aparece la paradoja que más lo inquieta:
“Tenemos más de 20 patentes otorgadas, más de 100 registros de diseño industrial y más de 100 registros de software. Y pregúnteme en cuánto se han vendido. Ninguno. Ninguno”.
Mantener esa colección cuesta. En Colombia, una patente de invención protege durante 20 años, pero su vigencia depende de pagar anualidades a la Superintendencia de Industria y Comercio. A esa cuenta Bermúdez le sumó lo que la universidad invierte en quien patenta.
“Las patentes son el puntaje más alto en incentivos de mi universidad. Al profe le pagan el incentivo, le descargan horas en su plan de trabajo durante todo el semestre y la universidad sigue pagando la tasa año tras año, sea o no sea comercial. ¿Cuánto valió y cuánto le devolvió a la universidad? Nada”.
Cuando les pregunta a los investigadores qué piensan hacer con su título, contó, la respuesta suele ser un encogimiento de hombros. Muchas de esas invenciones terminan guardadas en un cajón o sirviendo de pisapapeles. Y la estructura creada para moverlas tampoco da abasto:
“A nosotros nos acaban de dar el reconocimiento como OTRI, oficina de transferencia de tecnología. ¿Qué hemos logrado vender? Nada. Están más encargados de pelear asuntos jurídicos, administrativos y financieros que de la estrategia de cómo lo voy a vender”.
“Nosotros le damos el conocimiento al mundo”
Una parte del problema, según el conferencista, es la ingenuidad con la que se protege y se divulga. Contó el caso de una patente de invención que su institución registró solo en Colombia, sin acudir al Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT) para extenderla a otros países. La oficina de comunicaciones grabó el video, publicó la noticia y, a los pocos días, llamaron de Estados Unidos.
“Yo le dije al investigador: ‘No se reúna. La patente es vía tradicional. Si usted le cuenta a Estados Unidos cómo la hizo, ellos la protegen allá y usted perdió’. Nosotros le damos el conocimiento al mundo para que el mundo desarrolle la solución y después venga y nos la venda”.
Para mostrar lo que cuesta proteger tarde, mencionó el caso de Frisby. La cadena colombiana terminó enfrentada en España con una empresa que usaba su nombre y su identidad gráfica. En noviembre de 2025, un juzgado de Alicante ordenó suspender temporalmente ese uso mientras avanza el litigio, según reportó Publimetro.
“En serio, eso mide el impacto”
El blanco más insistente de la charla fue el factor de impacto. Ese indicador lo calcula Clarivate con las citas que reciben las revistas indexadas en Web of Science, y Scopus, de Elsevier, alimenta métricas parecidas como el SJR, como explica una revisión publicada en el Journal of the Medical Library Association. Para Bermúdez, contar citas deja por fuera lo que una investigación resuelve.
“¿Cuántas veces te han citado? En serio, ¿eso mide el impacto? Uno le dice a un colega ‘cítame en tu artículo’, y eso pasa comúnmente. Hay revistas que te dicen: ‘No te aceptamos el artículo si no citas artículos de la misma revista’. Entonces, ¿eso es impacto?”.
La práctica que describe tiene nombre: citación coercitiva. Un estudio de Allen Wilhite y Eric Fong, publicado en Science en 2012 con las respuestas de 6672 investigadores, encontró editores que presionaban a los autores para citar artículos de su propia revista, sobre todo a los de menor rango académico (ScienceDaily).
Detrás de esa crítica está la vieja consigna académica de publicar o perecer. Bermúdez no desmerita a quien tiene una larga lista de artículos; su reparo apunta a lo que pasa después. Los textos quedan guardados en bases de datos, repositorios y perfiles de investigador, y cinco años más tarde muchos apenas suman un puñado de citas. El circuito es endogámico: se escribe para que un par evalúe, el par aprueba, se publica, y la sociedad nunca se entera.
El conferencista también se quejó de que leer y publicar cueste. Las universidades pagan suscripciones para descargar artículos y, según dijo, publicar en acceso abierto le cuesta al autor miles de dólares. Luego llevó la discusión a su casa:
“¿Será que si le llevo este artículo a mi mamita, que tiene 80 y pico, ella le entiende? Pero si le llevo el glucómetro, ella solita se pincha, se saca la sangre, toma la medida y sabe cómo está”.
La crítica tiene, además, una historia personal. Bermúdez está en medio de una discusión con su propia institución, que le negó la creación de un nuevo grupo de investigación con el argumento de que el suyo tenía pocos artículos en Scopus:
“Me estás midiendo las capacidades por un tipo de producto, cuando el modelo reconoce muchísimos. Tengo más patentes que todos los grupos de investigación del ITM, más registros de diseño industrial, obras expuestas en museos de Hungría, Londres y Shanghái, ¿y me vas a decir que no tenemos capacidad por un artículo?”.
“Váyase para la calle”
La salida que propone empieza por cambiar el punto de partida de la investigación. En lugar de desarrollar algo y luego buscarle comprador, sugiere ir primero adonde están los problemas.
“En vez de investigar acá sentados, escondidos, váyase para la calle, para la empresa, para la sociedad. Mire qué necesitan y desarrolle sobre la necesidad. Es más fácil vender”.
Los ejemplos que dio son de Medellín. Contó que el Metro tenía abierta una convocatoria de innovación abierta con retos concretos: bajar el calor dentro de los vagones, mejorar el servicio de los metrocables para las personas con movilidad reducida y prevenir los socavones junto al río antes de que inhabiliten la vía.
Habló también de un fabricante de buñuelos que lleva años esperando una máquina y de una empresa de productos de higiene que no sabe qué hacer con los residuos de su producción.
“El Metro es un centro de investigación impresionante, porque es muy único en el mundo. Ahí es más fácil investigar, porque estás investigando algo que vas a solucionar ya”.
No siempre la academia está lista para esos retos. Bermúdez recordó una ocasión en la que el Metro convocó a varias universidades de la ciudad para desarrollar un material para la catenaria y los científicos se retiraron de inmediato. Algo parecido vio en una reunión con la empresa de productos de higiene: los investigadores enumeraron ideas posibles, pero ninguno llegó con una propuesta concreta.
El caso que más lo entusiasmó fue el de un semillero de investigación que trabaja con una comunidad de la ciudad cuya cañada se crece con las lluvias. Los estudiantes están desarrollando un dispositivo de alerta temprana que avisa a las casas de la parte baja cuando el agua empieza a subir en la parte alta. Para él, ese orden de los factores es el correcto: “Eso es hacer verdaderamente ciencia. Usted desarrolló el dispositivo, mide, funciona: escriba el artículo. ¿Por qué siempre es primero el artículo?”.
También mencionó una publicación de su universidad sobre atropellamiento de fauna, que según contó ha servido para pensar cómo se diseñan las vías en el país. Se trata de la guía Atropellamiento de fauna silvestre en Colombia, en la que aparecen el ITM y el Instituto Nacional de Vías (Invías). “A mí me da mucha felicidad ver los puentes que conectan a los animalitos, porque sé que es un ejercicio que viene desde allá”, dijo.
Ese giro hacia la sociedad, recordó, ya está escrito en la política pública. Minciencias adoptó en 2022 la Política Nacional de Ciencia Abierta 2022-2031, y las convocatorias recientes piden alianzas con comunidades. Bermúdez lo resumió con incomodidad: “Somos públicos, la plata viene del sector público, y sacamos una patente para esconderla, para volverla privada. Qué vergüenza”. Sobre el trabajo con comunidades fue igual de directo: hay que sentarse con ellas, preguntar cuál es la problemática y “construir entre todos el problema y la solución”.


“Dígame, ¿usted qué quiere con el quesito?”
Transferir exige decidir antes qué se quiere hacer con un resultado, y no todo resultado necesita una patente. Bermúdez lo explicó con una llamada que recibió hace poco:
“Me llama un director de investigación: ‘David, acabamos de desarrollar un quesito, ¿qué hacemos?’. Y yo le digo: ‘Dígame usted qué quiere. Usted es universidad, no es industria ni comercializadora. ¿Lo quiere comercializar? ¿Ya tiene la empresa? Siéntense y firmen un protocolo de secreto industrial, no patente».
Esa misma mañana, contó, una estudiante le pidió asesoría para proteger una nueva fórmula para hacer tortas. Le explicó que, si la patentaba, en 20 años pasaría al dominio público y cualquiera podría usarla. Un acuerdo de secreto industrial, en cambio, la protege mientras el secreto se mantenga. Es la recomendación que hace para cualquier producto que se come, como la galleta hecha con residuos de cáscara de mango que otro grupo le presentó.
El segundo obstáculo es el idioma. Según el conferencista, los científicos llegan a las empresas hablando de exámenes de fondo y caracterización de materiales:
“De entrada, si yo le digo ‘patente’ a un empresario, no entendió. No tenemos el vocabulario del empresario, no tenemos vocabulario industrial, ni siquiera la capacidad de decir: ‘Esta patente tiene estas posibilidades de mercado con este sector empresarial’”.
Su experiencia como gestor le dejó una lección práctica. En su antiguo cargo intentó muchas veces ofrecer a las empresas lo que la universidad ya tenía desarrollado: “Encontré que era muy difícil llegar con las tecnologías del ITM y decirle a la empresa: ‘Vea, ahí está la solución’. Nunca lo logramos de esa manera”.
Lo que sí funcionó fue el camino inverso. Con Haceb Whirlpool Industrial llegó con un equipo de ingenieros, un desarrollador de software, un experto en robótica y dos especialistas en ergonomía para atender un problema de la línea de producción. La propuesta de un brazo robótico no prosperó, pero en la conversación salió otra necesidad: la zona donde está la planta tiene mucho viento.
El equipo investigó, modeló y demostró que una turbina eólica podía cubrir buena parte del consumo interno. Esa vez la empresa sí compró. El aprendizaje vino con un detalle: no había en Colombia quién fabricara las hélices, así que hubo que importarlas de Tailandia y contratar aparte su instalación.
“Si no se puede encontrar, no existe”
La última parte de la charla volvió al título: la ciencia invisible. David Bermúdez enumeró por qué fracasa el encuentro entre la universidad y el mercado. La investigación se hace aislada, no hay canales de doble vía con la industria, las páginas institucionales no muestran lo que se produce y faltan profesionales de estrategia digital.
“Creen que como tienen la oficina de comunicaciones, ellos solucionan todo. No saben comunicar ciencia”.
Puso como ejemplo la falta de conversación entre vecinos. Las universidades de Medellín comparten ciudad y hasta alianzas institucionales, pero cada una ignora lo que producen las otras. “¿Cuántos de ustedes sabían lo que les estoy contando del ITM, y estamos en la misma ciudad?”, preguntó. Cuando por fin se juntan para un proyecto financiado, añadió, la colaboración suele terminar en discusiones y recursos sin ejecutar.
Advirtió también que el personal de las oficinas de transferencia dedica casi todo su tiempo al componente jurídico, y que hay una carencia crónica de profesionales de marketing estratégico. Su propuesta es incorporar las herramientas del mercadeo digital: posicionamiento web (SEO), marketing de contenidos, listas de distribución, correo y marca personal del investigador.
Y medir con indicadores más amplios que las citas, como las métricas alternativas que registran menciones en noticias, descargas y discusión pública, organizadas en cuatro dimensiones de influencia: social, política, mediática y educativa.
“La ciencia que no se comunica en red no genera impacto. Si no se puede encontrar, no existe”.
Para cerrar ese argumento acudió a una imagen de la física: “Hubo un experimento de la física cuántica que dijo que la realidad no existe hasta que usted la mide. La ciencia no existe hasta que usted no la saca”.
La última palabra
El conferencista no le pidió al público renunciar al rigor. En su esquema, el círculo virtuoso empieza con investigación rigurosa, sigue con una estrategia de visibilidad y termina en una transferencia que lleve las tecnologías al mercado. También dejó una precaución: miles de likes o visualizaciones no garantizan que la sociedad haya comprendido el mensaje, y el algoritmo tiene sus propios sesgos.
Al final David Bermúdez terminó así:
“El marketing científico es responsabilidad social y de nosotros como investigadores. En un mercado hipercompetitivo, saturado de ruido e intoxicación, el investigador debe apropiarse de la difusión y la comercialización de sus descubrimientos. La ciencia que no se transfiere es ciencia incompleta. Aprenda a vender su ciencia y conecte con el mercado, o asuma que el conocimiento que genera se quedará encerrado en un cajón”.


Eddie Vélez Benjumea (1993) es periodista, escritor y especialista SEO Senior en Los Creativos, donde ha diseñado estrategias de contenido para marcas como Bancolombia, Grupo Éxito, UPB y la Alcaldía de Medellín. Autor de tres libros publicados —Inmarcesible (2021), La vida en un soplo (2022) y Elogio de la penumbra (2024). Algunos de sus textos han aparecido en El Espectador, El Colombiano y antologías de Colombia, Argentina, España y México. Certificado en Content Marketing por HubSpot. Une el rigor técnico del SEO/GEO/AEO con la precisión de la literatura y la gramática.
